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A Power Stronger Than Itself: The AACM and American Experimental Music
George Lewis
University of Chicago Press, 2007.
La pregunta es la siguiente: “¿Por qué las obras de arte originales a menudo nos parecen en un primer momento algo poco agradable, difícil y complicado de ubicar?”. Así mientras que John Berger plantea esta pregunta en un contexto distinto, esta se aplica tanto a los trabajos tremendamente influyentes de los miembros de la Association for the Avancement of Creative Musicians (AACM), como a esta organización en su conjunto. La AACM es bastante consciente de las dificultades que presenta su ubicación porque persigue mantener el espacio –inconcebible para otras iniciativas o instituciones existentes– en el que es posible la imaginación de los opuestos.
La AACM es una colectivo con cuatro décadas de antigüedad formado por músicos experimentales afroamericanos que celebran lo que sus miembros han venido a llamar la “Gran Música Negra”. En A Power Greater than Itself el músico, compositor e incondicional de la AACM, George Lewis presenta “un recorrido con el que se evalúa el legado de este colectivo”. Uno podría pensar, dado el considerable volumen y la extensa génesis de este libro (incluyendo observación directa y cientos de horas de conversaciones-entrevista con miembros de la AACM), que ésta es una modesta descripción. En cierto sentido lo es. Pero Lewis insiste que esto es un resultado provisional porque la historia de la que hace crónica es un proceso en marcha, ya que sus protagonistas tienen visiones diversas, frecuentemente en conflicto, sobre la articulación organizativa y artística de su proyecto.
La AACM fue fundada en 1965 como consecuencia de una serie de conversaciones en la mesa de una cocina entre cuatro músicos de Chicago. Muchos de los integrantes de la primera generación del colectivo crecieron en familias de clase trabajadora, que habían llegado al área racialmente segregada del South Side de Chicago, formando parte de la “Gran Migración” de afroamericanos procedentes del sur rural y del norte urbano. Reconociendo las fuerzas sociales, económicas y políticas que dieron forma a estos prosaicos comienzos, Lewis ofrece su relato como un antídoto a la “historiografía jazzística” que “en raras ocasiones ha sido capaz de encontrar un lugar para los tropos de deliberación, planificación y organización procedentes de los músicos. En su lugar, la imagen del proceso creativo ha favorecido el cliché de la espontaneidad, junto a retratos de músicos como irresponsables, críticamente exclusivistas, y deseosos de gratificación inmediata”. Su objetivo es mostrar cómo este grupo de afroamericanos de clase trabajadora se organizó bajo condiciones desfavorables para tener el control sobre la producción, difusión y perpetuación de su trabajo. En el proceso Lewis aporta una visión empática sobre la AACM, que no por ello deja de asumir una perspectiva crítica. Reconoce las diferencias estéticas, políticas, económicas, generacionales y sociales que esta asociación aunó y que fueron percibidas, impulsadas y buscadas para mantener la organización. De hecho, el autor usa sutilmente material de sus entrevistas para poner en primer plano los conflictos resultantes, en efecto animando a los participantes a discrepar entre sí.
Desde el principio este colectivo se ha dedicado a la “música original”, centrándose tanto en la composición como en la improvisación. Más aún, se han resistido con fuerza a la dicotomía convencional entre ambos términos. Como resultado, los integrantes de la AACM han mantenido una relación ambivalente en torno a lo que es denominado comúnmente como tradición del “jazz”. Esto no es porque hayan fallado en asimilar y extender esta tradición. Nada más lejos de esto. Más bien, se debe a que, como Lewis señala, la concepción más usual de “la tradición” incluye nociones de autenticidad racial que son restrictivas estética y socialmente. El compromiso de la AACM con la creatividad se mueve alrededor de la experimentación –en composición, instrumentación y ejecución– incluso con múltiples diferencias entre sus miembros, llevándoles a discrepar entre sí acerca de qué entienden por experimentación. En en un asunto tan central como este, no hay una ortodoxia. Y a lo largo del tiempo el carácter democrático del colectivo ha alimentado cierta reflexión polémica sobre sus compromisos. Lewis lo apunta pronto: “en mi experiencia, la gente que estaba intentando averigüar de qué iba la AACM, incluía –y de forma crucial– la propia gente de la AACM”.
Dicha concentración en la experimentación y en la exploración creativa hace de los proyectos artísticos acometidos bajo los auspicios de la AACM algo difícil de situar. Esto es cierto para los espectadores –ninguna persona o grupo de los que crearon la asociación (muchos habría que nombrar) son “populares”. Pero Lewis deja claro que esto también es verdad en otros sentidos. Por ejemplo, los ingenieros de sonido acostumbrados a grabar estándars, estaban totalmente perplejos ante la tarea de capturar en cintas las actuaciones de la AACM (que incluían desde lo espacial y la ausencia de sonido, hasta casi la cacofonía dentro de una misma composición). Del mismo modo, los críticos han estado constantemente confundidos porque los grupos de la AACM han sido frecuentemente colaboraciones entre conjuntos de multiinstrumentistas que desafían las expectativas convencionales de un “lider” que se presenta como portavoz. Como Lewis deja bien claro de una y otra manera, la originalidad hace que la AACM sea difícil de clasificar. Por elo la AACM en sí misma se muestra como un maravilloso vehículo para pensar sobre la originalidad, la experimentación y la imaginación en el arte.
Jim Johnson vive en el campo al sur de Rochester, Nueva York (EE.UU). Es politólogo profesional y escribe el blog (Notes on) Politcs, Theory & Photography.
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