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El factor humano
Por Los Editores
Cualquier proyecto que acaba de nacer como es nuestro caso, necesita mucho tiempo de trabajo, dedicación y esfuerzo para conseguir materializar en una práctica profesional y constante, todo el potencial de las personas que con su conocimiento, experiencia y visión de futuro consiguen hacer realidad lo que en un principio es sólo una idea. En este momento, podemos decir con satisfacción que Art Signal Magazine ya no es sólo esto sino que ha conseguido interesar tanto a nuevos colaboradores a los que felicitamos por sus contribuciones y damos la bienvenida, como a lectores procedentes de las más diversas partes del mundo. Gracias a las posibilidades que nos ofrece la red internet y a los medios digitales —inimagibables tan sólo hace unos pocos años— hemos recibido visitas de 77 países y nuestra base de suscriptores sigue creciendo de forma constante. A lo largo de los próximos meses seguiremos trabajando en mejorar lo conseguido en nuestra aún incipiente trayectoria, continuando el trabajo previsto para ofrecer en un futuro próximo nuevas secciones y contenidos.
En este número vemos como se consolidan las cinco principales secciones de la revista hasta este momento: Nodos y encuentros, con dos artículos sobre las ferias SWAB y LOOP, realizadas durante la primavera en Barcelona, la ciudad desde la que editamos Art Signal Magazine; la sección de entrevistas para conocer de primera mano las opiniones e ideas de artistas y profesionales; la sección Files con la que intentamos dar a las obras y los proyectos específicos todo el protagonismo; Cámara lúcida en la que se aborda la fascinación por el mundo de la imágen y por último los artículos más exhaustivos bajo el nombre de Monográficos. A las ya existentes añadimos una nueva sección bajo el nombre Libros y publicaciones, que estará complementada próximamente por contenidos ampliados ofrecidos en la web. Sin más dilación, os invitamos a que disfrutéis de los contenidos de este número. También a que participéis en la orientación abierta de la publicación que perseguimos desarrollar, bien escribiendo comentarios a los textos publicados, o bien enviando propuestas de colaboración a los Editores. Dejemos pues que los artistas, sus obras y las reflexiones de los escritores que las abordan, sean el principal centro de atención de una revista de arte. Este es nuestro principal objetivo como a continuación exponemos en el primero de los artículos.
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2 comentarios
1. José // Diciembre 5, 2007 - 15:40 #
NO SÉ SI ENCAJARÁ DENTRO DE LA LÍNEA EDITORIAL DE VUESTROS PROPÓSITOS, EL COMENTARIO ADJUNTO. SABED QUE ME IDENTIFICO TOTALMENTE CON VUESTRA LÍNEA EDITORIAL Y ESTOY SEGURO QUE NO SERÉ EL ÚNICO. INICIATIVAS COMO LA VUESTRA ESTÁ PIDIENDO A GRITO PELADO NUESTRO MALTRECHO IDIOMA.
Un abrazo
TRABAJAR CON Y PARA EL IDIOMA
La ilusión de escribir
Hace años, tuve el honor de hablar algunas veces con un ilustre escritor calificado por Luis María Ansón como ensayista, poeta y científico del lenguaje: Martín Alonso. Un escritor, que, desde la cima de su sabiduría, escribió, hizo versos, divulgó, enseñó, levantó monumentos científicos… Acudí a él con la admiración que me había merecido su obra de 1.800 páginas “Ciencia del Lenguaje y Arte del Estilo”. Hallé un hombre, de fluida palabra, trato cortés, muy respetuoso y sabio entendimiento. Y, lógicamente, aún quedé más admirado por la sencillez y naturalidad con que fui tratado por aquel personaje del Siglo de Oro que se erguía con resplandeciente majestuosidad frente a la calderilla literaria practicada por quienes escriben sólo para el éxito del momento, braceando en la superficialidad e ignorándolo todo.
Yo era, por aquel entonces, un escritor que miraba esperanzado sus primeros versos y sus prosas recién estrenadas y recibe con ilusión todas las enhorabuenas. Que siente a la vez los escollos y los alientos que le dan sus estrenos y las palabras alentadoras le envuelven en un mar de confusiones y, a la vez, en una ambición generosa de triunfo y en una atmósfera de sonrisas e ilusiones, porque la profesión literaria lleva, en su misma esencia, la notoriedad y un futuro prometedor…
¿Quién puede impedir el avance gentil y rejuvenecido del hombre de pluma que florece como la primavera? ¿Quién puede predecir la aurora? –Decía nuestro autor-. La ilusión de escribir no ha perdido vigencia entre nosotros. No es mero quijotismo; es la llamada de nuestra raza y nuestra tradición cultural. Hay dos frases de plena confrontación que contraponen sus significados: la ilusión de escribir y “vivir de ilusiones”. La ilusión resulta en ocasiones un vocablo mágico. Viene lleno de esperanzas en un tren de bienestar. “Escribir me atrae, llena mi vida, me hace feliz.”
Son muchos los llamados y pocos los escogidos, como para el apostolado, que es un sabor de espiritualidad, un llamamiento y una misión.
Para Ortega y Gasset “toda idea o sentimiento humano viene siempre de otra idea o sentimiento nuestro o de otro hombre. No hay posible vacío. “Historia non facit saltum”. Tener vocación de escritor y escuchar su llamada. Eso es todo.”
¿Y el idioma? ¿Qué decir del idioma?
Planta sensible es el idioma. Carente de cuidados –de cultivo-, no sólo no florece, sino que puede marchitarse y morir.
La lengua –nuestro código expresivo- es un instrumento de expresión y comunicación. Hablamos (escribimos) para comunicar a alguien nuestros pensamientos o sentimientos. Hasta la más íntima y callada oración del auténtico creyente es un dirigirse a Dios para impetrar su misericordia o para darle gracias por sus bienes.
Pero la lengua, instrumento humano, es como tal, imperfecta. Mas, lo imperfecto es perfectible. Lo lamentable es que, en nuestros días, parece como si nos invadiera una ola universal de indiferencia –cuando no de desprecio- en este humanísimo campo de la expresión y comunicación. Se habla y se escribe, sin demasiada preocupación, por el bien decir. Los medios de comunicación social que debieran ser difundidores del lenguaje propio y correcto, son, en más de una ocasión, difundidores de incorrecciones gramaticales, de incontables e inútiles barbarismos, de rechazables vulgarismos, de inadmisibles solecismos. Se habla y se escribe hoy –salvo muy honrosas excepciones, un poco al buen “tun-tún”. Y el idioma, que tiene sus estructuras propias y personales, se va deshaciendo, perdiendo su propia fisonomía.
La premura al redactar no exime de culpa. Quien domina los resortes expresivos de su idioma, quien es dueño de las estructuras correctas de su lengua, quien posee un vocabulario rico y sabe construir un período, una oración o una frase, no cometería nunca faltas graves por muy apresuradamente que escriba. Ello sin contar conque, después de escribir, siempre se tienen unos minutos para la corrección y el retoque.
No hay hombre completo sin un dominio de su lengua. Hay que saber hablar y escribir con propiedad y corrección. Nos lo exige la vida, nuestro propio idioma y un mínimo de auto estimación”. Persona que habla a medias, a medias existe”. No es cosa indiferente, pues, el hablar mejor o peor. De ahí que la preocupación por el buen decir deba figurar en la vanguardia de nuestras preocupaciones. Para que nos entiendan nuestros contemporáneos y para que no leguemos a las generaciones venideras “un lenguaje empobrecido, afeado o arruinado”.
Creemos que se puede vivir ignorante de Medicina, de Química, de Astronomía… No, de nuestra propia lengua, vehículo de nuestro pensamiento, expresión de nuestro yo. Vivir es pensar. Y el pensamiento no puede darse sin el lenguaje. Sin palabras, sin frases, sin oraciones, sin períodos no existiría el pensamiento. Pensar es hablar consigo mismo. El pensamiento es un monólogo interior. Posiblemente los animales irracionales no piensan porque carecen de palabras, de idioma. El hombre es hombre porque piensa. Y piensa porque habla. El razonamiento del hombre es tanto más inferior, más elemental o primitivo, cuanto inferior es su posesión de un lenguaje. La palabra es la forma vital de ese algo etéreo e informe que llamamos pensamiento. Es difícil, por no decir imposible, concebir un pensamiento sin palabras. Curioso círculo: la razón del hombre inventó la palabra y, con ella, se hizo más rico su pensamiento, su facultad discursiva. Hablemos, pues, escribamos lo mejor posible. Es un modo muy humano de llevar lo más dignamente posible nuestra humana dignidad.
Del ser o no ser escritor
El ser, o no ser (ésta es la cuestión) no es lo que se quiera ser sino lo que los demás consideren que somos. Me sentiría muy contento siendo un punto de referencia positiva para otros, con mi persona o el intelecto. ¡Qué honor! –Contesté al poeta Antonio Pérez Arroyo hace un par de años-. En el intento de lo primero llevo desde que tengo raciocinio y en el del “conocimiento,” no “dominio,” de nuestro idioma, más de 40 años: escribir. Que, en cuanto a nuestra lengua se refiere, significa trabajar la palabra, la frase, la oración y el párrafo, de tal modo que lo dicho así por escrito no se nos pueda enmendar; que las palabras empleadas sean justo las necesarias y que el conjunto (párrafo, página, capítulo o… libro) sea considerado tan acabado, tan perfecto, tan armónico como una sinfonía de imágenes, de pensamientos, de sensaciones… ¡Casi nada! Ardua tarea, de difícil logro, que nunca conseguí y que jamás lograré a pesar de haberle dedicado el pasado, estarlo contemplando en el presente y haberlo planificado para el futuro. Uno sigue en la batalla del pensamiento escrito por el placer que se experimenta en la lectura de la rima conseguida o el texto logrado. Porque pensar que otros te consideren, valoren o tengan la delicadeza de leerte es el sueño etéreo que sólo el privilegiado consigue. Aunque no se nos lea, aunque el dicho popular sentencie que “de poetas, de tontos y de locos está el mundo lleno,” a pesar de que nuestros dichos sean ingeniosos y se nos considere plagiarios o incapaces de la más mínima relevancia literaria, seguiremos aceptando el reto del papel en blanco porque nos consideramos con aptitud determinada para hacer gozar a otros las bellezas literarias. Y si los demás no gozan, yo sí. En su Testamento Literario, escribió Palacio Valdés: “Imaginemos que la vocación literaria debe ser como la del amor: se siente, se goza, se oculta. La poesía es una hermosa que sólo se entrega a los discretos. Aquello que se escribe para sí mismo suele ser lo mejor”.
No es, por tanto, como ligeramente es juzgada por el indocumentado censor, afán de aventuras, ni la exaltación nerviosa, ni la desmedida afición a emborronar cuartillas o a escribir ringleras de versos. Es algo sublime que nos anima a seguir adelante con el afán literario. “Creo que moriría, si en algún momento todo el mundo hablara inglés y no pudiera expresar mis poemas en nuestro bello idioma” –se lamenta el poeta Pérez Arroyo- “¿Qué podemos hacer?” –pregunta ante el barbarismo idiomático que nos invade-. Sentir la llamada y seguirla, amigo Antonio. A pesar de que sean muchos los llamados y pocos los elegidos en este arte y ciencia de la poesía para la que nada digo porque en ella mora la belleza, la gracia y la dirección de nuestro idioma.
® 002381/2006 J. Quesada Herrera
2. J, Quesada Herrera // Julio 5, 2008 - 15:25 #
Soy un vocacional de la literatura que se pierde por Internet. No sé cómo he tropezado con los comentarios que escribí hace tiempo. Me han agradado. Que una de las satisfacciones de quien escribe es hallar, donde menos lo piensa, sus palabras escritas.
Por favor ¿Quiénes sois? Y ¿en qué puedo seros útil?
Gracias.
Saludos
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