408 lecturas cámara lúcida
Morimoto Mie
Por Jorge Larrañaga
En la fotografía hay tendencias, estilos, que no se limitan únicamente al tema, sino que también engloban la técnica empleada, particularmente aquella que tiene que ver con el color final. Si en la fotografía en blanco y negro es el contraste el que principalmente marca las diferencias cromáticas, cuando se trata de fotografía a color las posibilidades crecen exponencialmente. A pesar de las combinaciones a priori infinitas, las tendencias terminan por imponerse y el color en la fotografía se reduce a un monocromatismo que no desentone con la moda imperante y desluzca así el contenido.
En el 2001, tres libros de la fotógrafa Kawauchi Rinko cambiaron la tendencia de la fotografía en Japón. Sus fotografías de colores pálidos y tonos pastel, de texturas amables casi aterciopeladas, fueron un éxito de ventas entre el público generalista, e iniciaron un tipo de fotografía un tanto naif, sin contenido, y de placer visual un tanto empalagoso. Kawauchi marcó tendencia, y cientos de fotógrafos han copiado ese estilo de colores apagados. Un estilo referido con el adjetivo yasashi, que en japonés puede significar tanto simple como amable, una dualidad semántica que explica a la perfección las características de este tipo de imágenes. La fotografía comercial por supuesto se hizo eco de la tendencia, y son cientos las empresas que han adoptado este tipo de publicidad no agresiva, desde famosas cadenas de comida rápida a marcas de coches.
Podría parecer que Morimoto Mie no es más que otra fotógrafa que ha optado por este particular estilo calificado a veces de femenino. En sus primeras fotografías no había mucho contraste, y cromáticamente podían entrar en ese rango de descoloridos colores lavados. Un rango que en el caso de Morimoto imprime a las fotografías cierto distanciamiento; una frialdad de colores polares con tonalidades de gastados metales sin brillo. Esta fotógrafa se dio a conocer con el libro de fotografías Studio Portrait (ed. Bijutsu, 2003), un libro sobre el trabajo de Nara Yoshimoto llevado a cabo durante seis meses de convivencia en el estudio de este famoso artista. Las tonalidades de las pinturas y esculturas de Nara tienen mucho de parecido con los colores de esas primeras fotografías de Morimoto. Colores pastel conforman el particular universo de estética manga de Nara, y de esos colores se valió Morimoto para documentar sin intromisión y desde una posición de respeto y un tanto alejada, la metodología de trabajo de Nara. Después llegaría el encargo de un libro de fotografías de una por entonces casi desconocida actriz llamada Ito Misaki (ed. Little More, 2004). Un libro de estética un tanto más convencional, y que de alguna forma se adaptaba a la personalidad de la retratada: pálidos colores que resaltaran su inocente fragilidad. Un encargo al fin y al cabo.
Aparte de los compromisos laborales, ese mismo año Morimoto presentó su serie de fotografías “Slicer”. Una exposición y un libro autoeditado en donde de entre esa neblina de colores difuminados comenzaban a emerger colores contrastados, de tonos algo apagados, pero elegantes a la vez que característicos. Colores únicos alejados del digitalismo plano que invade la fotografía actual, resultado de una paleta cromática que exuda química y fijadores. Más tarde llegaría un nuevo encargo. Un libro de fotografías sobre la artista y modelo Kimura Kaera (ed. Rockin´on, 2007), en donde Morimoto daría rienda suelta a extravagantes combinaciones de colores forzados, muy en consonancia con el carácter de Kimura. Pese a que en estas fotografías Morimoto deja su huella optando por colores sin apenas brillo -opción bastante inusual cuando se trata de exaltaciones cromáticas-, este encargo no es más que una excepción. Sus otros trabajos tanto para revistas como para galerías, seguían mostrando esa mezcla de difuminados colores, que en ocasiones alcanzan una dureza que nunca llega a producir el mareo fruto de colores exaltados. Características por las que Morimoto no pasó desapercibida, y que le valieron su primera retrospectiva en la galería Graf Media Gm (Osaka, 2007).
En la obra de Morimoto el color es un elemento de goce estético, que además sirve para delimitar el paisaje y caracterizar las formas. Fotografías de escenas cotidianas en donde la cámara no se inmiscuye, limitándose a narrar la vida de unos personajes ajenos al ojo cristalino del objetivo. Los objetos cobran entonces importancia, para posar en una ensayada coreografía geométrica con gélida indiferencia. No hay abusos de la macrofotografía como en la obra de Kawauchi, ni trucos ópticos que desvíen nuestra atención. Los detalles cercanos se nos muestran borrosos, al igual que ocurre cuando nuestros ojos intentan enfocar algo a menos de tres centímetros. Para Morimoto la cámara no es un instrumento para aumentar nuestras limitaciones ópticas, sino un reemplazo del ojo humano con todas sus imperfecciones. El paisaje y las formas se representan como tal, desde una perspectiva que sólo se diferencia de la humana en el encuadre cuadrangular. Una mirada que huye de muchas de las etiquetas y clichés de la fotografía japonesa contemporánea, ofreciendo una perspectiva universal a la vez que íntima.
Jorge Larrañaga es crítico de arte y fotógrafo freelance residente en Tokyo (Japón).
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